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A Maternidade Divina de Maria: Mistério Central da Encarnação e da Redenção

11 de outubro de 2026 às 00:51

A Maternidade Divina de Maria: Mistério Central da Encarnação e da Redenção

Na Festa da Maternidade Divina de Maria Santíssima, a Igreja celebra o momento em que, pelo consentimento da Virgem ao Arcanjo Gabriel, o Verbo se fez carne e Deus se tornou homem sem deixar de ser Deus. O P. Ceriani, em sermão radiofônico, contempla este Mistério de mistérios, centro de toda a obra de Deus e razão da existência da criação, reafirmando que Maria é verdadeira e realmente a Mãe de Deus, contra o erro de Nestório e dos protestantes.

Na Festa da Maternidade Divina de Maria Santíssima, a Igreja celebra o momento em que, pelo consentimento da Virgem ao Arcanjo Gabriel, o Verbo se fez carne e Deus se tornou homem sem deixar de ser Deus. O P. Ceriani, em sermão radiofônico, contempla este Mistério de mistérios, centro de toda a obra de Deus e razão da existência da criação, reafirmando que Maria é verdadeira e realmente a Mãe de Deus, contra o erro de Nestório e dos protestantes.

Sus padres iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron, según la costumbre de la fiesta; mas a su regreso, cumplidos los días, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen. Pensando que Él estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino, y lo buscaron entre los parientes y conocidos. Como no lo hallaron, se volvieron a Jerusalén en su busca; y, al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos; y todos los que lo oían, estaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron admirados y le dijo su Madre: “¿Por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.” Les respondió: “¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron las palabras que les habló. Y bajó con ellos y volvió a Nazaret, y estaba sometido a ellos.

Celebramos hoy la Fiesta de la Maternidad Divina de María Santísima. Cuando la Virgen María dio su consentimiento al Arcángel Gabriel y pronunció el Fiat redentor y santificador del mundo, se consumó en Ella el misterio de la Encarnación; Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios; el Creador de María se convirtió en el Hijo de María; y en Ella el Cielo se unió a la tierra. Postrados en espíritu ante este tabernáculo vivo e inmaculado de la Divinidad, contemplemos con amor religioso este Misterio de misterios, el centro de toda la obra de Dios ad extra (al exterior), la razón de la existencia de toda la creación.

En primer lugar, debemos contemplar y adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo elevando a proporciones inconmensurables la ya inconmensurable gracia con la que habían estado llenando a la Virgen Bendita desde el momento de su Inmaculada Concepción hasta el de la Anunciación; de modo que la dispusieron para el inmenso misterio de la Encarnación. El Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo, como dicen los antiguos Doctores, comienza derramando en el alma de la Santísima Virgen María una abundancia de dones y gracias que ninguna criatura jamás podrá concebir. En el nombre del Padre y del Hijo y en su propio nombre, el Espíritu Santo derramó en Ella una plenitud de gracia digna de la Esposa de Dios, de la Madre de Dios, del Tabernáculo y Obra maestra de Dios; una plenitud que la hace lo más digna posible de convertirse en la Madre de un Hijo que es Santidad sustancial e infinita, de un Hijo que mora desde toda la eternidad en el Santo de los Santos, es decir, en el adorable seno del Padre eterno. Por ello, el Espíritu Santo formó en el seno de la Virgen una morada que, si bien no es igual, sí es similar al seno de Dios Padre, una morada que estaba de acuerdo con la incomparable dignidad del Hijo único de Dios. Esta belleza de la Virgen María en el momento en que se convierte en Madre de Dios es un mundo de tesoros que superan todo pensamiento; es una obra que sólo Dios puede comprender, porque sólo Él pudo realizarla.

En ese instante, se cumplió la promesa que el santo Arcángel acababa de hacer a María: La virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. La «Virtud del Altísimo» es la omnipotencia, la sabiduría y el amor de Dios que invade el alma y el cuerpo de la Santísima Virgen, la penetra, la llena por completo y crea en Ella este nuevo mundo, incomparablemente mayor que el mundo de la naturaleza, para alojar al Verbo Encarnado. ¿Qué significa este dicho? —exclamó San Bernardo. Que entiendan quienes puedan comprender. Sólo a Ella se le ha concedido comprenderlo; sólo a Ella, a quien se le ha concedido experimentarlo. Y es sin duda por eso que el Evangelio habla aquí de una sombra misteriosa: todo lo que iba a suceder en María sucedería, en efecto, a la sombra del misterio; y lo que la adorable Trinidad quería hacer únicamente en María y con María, tenía que permanecer como un secreto impenetrable para todos, excepto para María.

Al mismo tiempo que el Espíritu de vida, de santidad y de amor santificaba y preparaba a la Santísima Virgen, tomó parte de la purísima sangre de esta criatura inmaculada para formar la sustancia del cuerpo del eterno Hijo de Dios. Al mismo tiempo, santificó, con una santidad absolutamente divina, la sustancia que así tomó de Ella, y suplió, sustituyó, mediante su omnipotencia creativa, las leyes ordinarias de la naturaleza. Simultáneamente, el Espíritu creador, siempre en la unidad del Padre y del Hijo, creó y unió al cuerpo que formó a partir de la sustancia de la Virgen, un alma humana, la obra maestra de toda la creación. Y en ese mismo instante, el Espíritu de Dios, inflamando el alma de la Santísima María con las purísimas llamas de su amor, la llevó a la unión perfecta a la que el Padre celestial la atrajo; y este Padre divino, presente en Ella, engendró en Ella, por medio de Ella y con Ella, ese mismo Verbo eterno, que engendra eternamente en sí mismo. Él lo aplicó, por así decirlo, a esta alma y a este cuerpo, en el mismo momento en que los creó en el vientre purísimo de María. Mediante un acto de su omnipotencia y de su amor, que todo lo abarca, la hizo participar de su fertilidad divina. Así como Él mismo es, en la eternidad, Padre de su único Hijo, la convirtió, en el tiempo, en Madre de ese mismo Hijo.

Finalmente, en ese mismo momento indivisible de la creación y unión de esta alma y este cuerpo, Dios Hijo sustituyó a la persona humana que debería haber nacido de esta unión por su Persona divina. La Persona divina, al ocupar su lugar, precedió y previno así a la persona humana e impidió que existiera. El Hijo de María posee una verdadera y perfecta naturaleza humana, sin ser, sin embargo, una persona humana, pues su naturaleza humana subsiste, como dicen los teólogos, solo en la Persona divina y eterna del Verbo, que es el único que la lleva y opera todo en ella. Y así, por el consentimiento expreso de la Virgen María, el Verbo se hizo carne y, por medio de Ella, habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad.

Todas estas maravillas acumuladas en María, en el misterio de la Encarnación, ocurrieron en el mismo instante; porque, como tan acertadamente lo expresó San Juan Damasceno, la carne de este Niño nunca estuvo sin estar animada por un alma humana, y nunca estuvo animada por un alma humana sin estar unida a la Persona del Verbo divino. Su concepción, animación y unión se realizaron conjuntamente, de modo que la naturaleza humana que se formó nunca perteneció a nadie más que al Verbo, y no tuvo otra persona que la Persona divina y eterna del Verbo. Sabiduría secreta e inescrutable de Dios en la formación de su Verbo hecho carne…

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La humanidad del Hijo de Dios debe su existencia y su unión con la Persona divina al consentimiento, la sumisión y la humildad de María. El Dios-Hombre, Emmanuel, nos es dado por Ella, tan verdaderamente como por el Padre eterno. Y no olvidemos que María no es la Madre de un niño cualquiera, sino de un hombre perfecto; y no sólo en cuanto a la apariencia externa de su humanidad, sino también en cuanto a lo que constituye la verdadera vida del hombre: la plenitud de todas las facultades del alma, la plenitud de la inteligencia, el juicio y la voluntad, la plenitud del amor, la santidad y todas las afecciones y sentimientos del corazón. Este pequeño Niño es Hombre perfecto, Hombre por excelencia, del cual Adán, creado perfecto, fue sólo el símbolo profético. El Niño de la Virgen Madre es Dios mismo; es la imagen esencial y la esencia misma de Dios. Sí, el Niño que fue concebido en ese momento en el santísimo vientre de María, y que desde entonces ha sido llamado Jesús y el Cristo, es verdaderamente el único Hijo de Dios, el Verbo eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Este mismo Niño, verdadero Hijo de María, es el verdadero Dios, el único Dios vivo y verdadero, en la unidad del Padre y del Espíritu Santo. Él es el mismo Dios que el Padre y el Espíritu Santo, de quienes es absolutamente inseparable, poseyendo con ellos la misma naturaleza, que es la sustancia divina, eterna, infinita, todopoderosa y singularmente adorable. Y así, la plenitud de la divinidad reside corporalmente, como dice San Pablo, en este pequeño Niño de María.

El Niño de la Santísima Virgen tiene dos naturalezas perfectas, unidas indivisiblemente en una sola Persona: la naturaleza divina, que recibe de su Padre y por la cual es Dios; y la naturaleza humana, que recibe de su Madre y por la cual es hombre. Sin embargo, existe esta diferencia: la naturaleza divina pertenece esencial y eternamente a su Persona, mientras que la naturaleza humana, ahora inseparable de su Persona, sólo está unida a Él en el tiempo y podría no haber estado unida a Él, si Dios no hubiese decretado la Encarnación. En el Niño de María, debido a la unidad de la Persona, lo que es de Dios pertenece al hombre, y lo que es del hombre pertenece a Dios; siendo la Persona divina del Verbo la misma que opera por la naturaleza divina y por la naturaleza humana. Así pues, el pequeño Niño de la Santísima Virgen es el Dios Todopoderoso, el Creador del Cielo y de la tierra; es Él quien preserva y gobierna el mundo por su Providencia; Él es el Eterno, el Infinito. Y Él lo es en su humanidad, aunque sólo lo es a través de su divinidad. Y en conjunto, este adorable Dios, verdadero hombre, fue concebido en el vientre de su Madre, nació, sufrió frío y hambre, creció, trabajó con sus manos, fue pobre, fue perseguido por los hombres y verdaderamente murió en la Cruz. Verdaderamente muerto, verdaderamente resucitó y ascendió corporalmente al Cielo, donde participa la omnipotencia y la bienaventuranza de la gloria de Dios, no sólo en su naturaleza divina y eterna, sino también en su naturaleza humana y creada.

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Por todo esto, la fe católica sostiene que la Santísima Virgen María es verdadera y realmente la Madre de Dios. La razón es que Jesucristo es Dios, no por la unión accidental de una persona humana con una persona divina, como dijo el impío Nestorio, sino por la excelencia y el derecho de su única Persona, que es la del Verbo de Dios. Puesto que la Santísima Virgen es la verdadera Madre de Jesucristo, es, por lo tanto, necesariamente la verdadera Madre de Dios. La Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo: Ella lo concibió en su vientre por obra del Espíritu Santo; lo engendró de su sustancia; Ella sola le dio su adorable humanidad. Jesucristo es Dios. Por lo tanto, María Santísima es verdadera y genuinamente la Madre de Dios. Quienes, en el pasado, con Nestorio, y aún hoy, como casi todos los protestantes, no quieren reconocerle esta dignidad suprema, no creen verdadera y genuinamente en la divinidad de Jesucristo. Ahí radica su error fundamental: rehúyen esta verdad revelada, «la Virgen María es la Madre de Dios», porque ya han rehuido esta otra verdad, «Jesucristo es Dios hecho hombre». Al considerar a Cristo únicamente como un hombre deificado, resulta muy sencillo que vean en su Madre sólo a la Madre de un hombre, deificado y divino en la medida en que se desee, pero un hombre al fin y al cabo, y no Dios. La Santa Iglesia, por el contrario, si bien distingue perfectamente la humanidad de Jesucristo de su divinidad, no lo divide; lo adora como el único Dios verdadero, vivo y eterno, porque su Persona es la misma Persona del Verbo, que es Dios, en la unidad del Padre y del Espíritu Santo. Por consiguiente, siempre ha venerado a la santísima y admirable Virgen María como la verdadera Madre de Dios. La Santa Iglesia le otorga con alegría este título incomparable en sus oraciones más solemnes, y en particular en esa ingenua y sublime Salutación Angélica, que pone tantas veces al día en los labios de todos sus fieles: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores… Ella ha reiterado esto espec...


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